Cuando no era más que un pequeño pensamiento en una mente alejada
que no me deseaba, que pensaba en mí como una posibilidad de un futuro lejano,
nací, sin querer, gritando al mundo una renuencia temprana y empecinándome en
ver la luz, llegué.
Fui fruto de crueldad y mentiras y desdeñé el seno que intentaba darme a
comer los sueños desechos de una maternidad desgraciada, crecí entre un mundo y
otro y supe sin saber en realidad como; que había perdido algo de mí.
Aún hoy puedo sentir esa presencia silente y persistente como un ente que
no me toca pero me roza, no me empuja pero me induce, por momentos le temo.
He probado frutos sin madurar de fuentes sin crecer, apresando aves antes
de dejar el nido y me he dado cuenta con cierta sorpresa repulsiva que aún los
añoro, a él le gusta, demasiado, escuchar los lamentos entrecortados de
yacimientos donde los deseos son solo cuentos.
Cuando caminé por primera vez sobre el mundo lo hice de la mano de quien no
manaba el motor que impulsa la maquinaria por momentos cansada y trémula de una
jaula en que se convertido mi cuerpo, barrotes, mis limitaciones humanas que mi
mente fantasiosa aprendió a dejar a la deriva cuando las primeras letras sin
sentido tomaron significado frente a las ventanas que no cierran por dentro.
Ahora, sin venir a cuento, no soy más que un peón de un mundo que gira
porque nadie le empuja y una sociedad amoral que se autodestruye, de cínicos y
hipócritas, de payasos y aduladores, donde habito como un ser ajeno a este por
carecer de todas las condiciones anteriores y tener más defecto de sinceridad
cruel e una mente intrínseca que sueño, llora y respira porque aún está viva.
Que no me deja volar.
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